jueves, 4 de diciembre de 2014

Bestias


Cuando uno duerme en una cama de un lujoso piso en Manhattan, nunca se le pasará por la cabeza que pueda atacarle un león. Cuando uno duerme en el duro suelo de Tanzania protegiendo su cultivo para que le roben los monos, tampoco se le pasará por la cabeza que una arriesgada operación bursátil lo pueda dejar en la ruina. El de Manhattan, jamás se encontrará a su mujer devorada por leones cuando vuelva a su cabaña y en venganza, consiga matarratas, la impregne con él y espere a que las fieras vuelvan a por los restos. El de Tanzania, tampoco encenderá un ordenador, verá que lo ha perdido todo en una intrincada red especulativa y se tire por la ventana de un séptimo piso. La brutalidad de la vida es la misma. Las bestias, no.


Pilar Mariscal

Autora: Mar Horno  (@HornoMar)
Blog Maremotos
En su libro "Precipicios habitados"


martes, 2 de diciembre de 2014

Historias para no despertar


El pitido de la fotocopiadora se asemejó al lamento de un animal herido. Apenas me alarmaron los nueve alaridos siguientes, pero algo hizo que llegado el décimo me decidiese levantar. 
Salí del despacho con la cautela que me producían las noches y me dirigí a la sala de impresoras.

-¿Hola?- dije lo suficientemente alto como para que cualquiera en la planta hubiese podido oírme.

-Creo que una impresora se ha quedado atascada- añadí.

No obtuve por respuesta mas que el estridente ruido de cada copia, acompasadas y sumisas escribían sin firmar cientos de hojas. Luego volví uno de aquellos papeles, luego otro y otro hasta que no me quedó bandeja por mirar. 

Todos ellos escondían lo mismo, era mi cara; estaba muerta.

Autora: Isa Rguez (@Dias_Impares)

Blog: http://dias-impares.blogspot.com.es/

Youtube: https://www.youtube.com/channel/UCVT3EmGonpfijLyV9jbTx4Q

lunes, 1 de diciembre de 2014

¿Vender o Ser Comprado?

Hay ideas, que sin querer tener claro su origen, deciden pasar una temporada en nuestra atribulada cabeza. Dichas ideas suelen ser presa del olvido, pero en contadas ocasiones, ciertas ocurrencias con ínfulas aspiran a convertirse en aforismos y cuando su ego es desmedido, incluso pretenden alcanzar la categoría de axiomas.

Antes de exponer esa intrigante ocurrencia a la consideración del prójimo, es sometida a un riguroso examen de calidad para determinar dos cuestiones: Si es merecedora de tal privilegio y la manera en que, de serlo, debe ponerse de largo.

Negaría la evidencia que el título de esta publicación da suficientes pistas al sofisticado preámbulo que acabamos de superar, por lo que sin más demora, presentemos a nuestra protagónica idea:

"No es lo mismo vender que te compren."

Quizá con el tiempo, esta pretenciosa afirmación, merezca un “best-seller” de marketing y ventas, pero de momento, reformulemos la misma con verbos reflexivos para centrar el ámbito de esta reflexión, valga la redundancia.

"No es lo mismo venderse que ser comprado."

"Vendernos" para lograr un fin o lograr dicho fin siendo "comprados" por lo que somos. Una misma finalidad aparente con diferentes trayectorias.

Quien escribe, considera que esta disyuntiva, aparentemente inocua, determina nuestra vida. Así pues, una vez certificada con rigurosidad la calidad del producto, démosle la oportunidad de abrirse camino...

¿Somos conscientes de que nos estamos "vendiendo"?, ¿Somos conscientes de las implicaciones?, ¿De todos los principios, de todos los valores a los que podríamos estar renunciando?...

Más preguntas, prescindiendo de las comillas... ¿Por qué nos vendemos?, ¿Por qué queremos vendernos?, ¿Por qué anteponemos vendernos?... Necesidad de aceptación, de reconocimiento, ambición materialista, ambición de estatus, de poder… Insisto, cada persona conocerá o intuirá sus motivos.

Antes decíamos, “un mismo fin, diferentes trayectorias”… Personalmente, creo que podemos llegar a ser comprados, sin perseguirlo explícitamente, sin necesidad de vendernos, como una recompensa sobrevenida por nuestra conducta ejemplar…

Volviendo a los lugares comunes para establecer referencias más nítidas, se trataría de anteponer la esencia a la apariencia, la siembra a la cosecha. la entrega a la especulación... Darlo todo, sin esperar nada de nadie. Casi nada…

Contados son los elegidos que alcanzan prestigio, contados aquellos que gozan de “auctoritas”, contados quienes se convierten en un referente moral…

Y aquí, podemos tener la tentación de comparar las trayectorias…

Es indudable que sembrar, siendo honestos y consecuentes con nuestra esencia, no garantiza en absoluto la aceptación, el reconocimiento, el “ser comprados”. Por el contrario, es probable que el “venderse” nos obligue a renunciar, a veces de forma dramática, a nuestra verdad, convirtiendo nuestra existencia en una mascarada, con la que no tenemos la certeza de que podamos llegar a convivir.

Sin embargo, la comparación es ficticia… Queda claro que los caminos son distintos, pero si tuviésemos la oportunidad de recorrer ambos, acabaríamos descubriendo que el destino, también es distinto…

Solo podemos recorrer un camino, al menos de forma simultánea, y eso implica una elección, ojalá una elección consciente.

El “Camino de la Verdad” no es fácil, mucho menos en estos días. Se precisa de fortaleza de carácter amén de numerosas virtudes, aunque uno está absolutamente convencido que cuando alguien alcanza dicho camino, trasciende la necesidad de aceptación, reconocimiento o poder, al alcanzar la cota más preciada, la conquista de uno mismo.

Camino Vida Oratorux

Autor: @oratorux
Blog: Oratorux

jueves, 27 de noviembre de 2014

Los autos quemados



Nuestras visitas a Villa Udaondo eran frecuentes allá por la década del 80. Mi familia y yo recorríamos sus calles de tierra aun en pleno verano, con el sol pegando sin piedad, a la hora de la siesta. El río de la Reconquista era una presencia próxima que se adivinaba al otro lado del cinturón ecológico; pocas veces nos acercábamos a él. La mayoría de los paseos que realizábamos consistían en caminar por el área conocida como “El Jagüel”. Mientras, las chicharras proveían un fondo musical que subjetivamente nos hacía sentir más calor. “Hay pan”, anunciaba categórica la pizarra de la única despensa. Lo mejor era cuando encontrábamos algún automóvil quemado, abandonado a la vera de cualquiera de esas calles; los chicos nos metíamos en él y simulábamos conducir, en el caso de que le hubiera quedado el volante. También existía la opción de darlo vuelta y usarlo como subibaja, una vez que nos aburríamos de jugar dentro.

Por aquel entonces, esa zona de Udaondo, cercana al puente Márquez, poseía grandes extensiones de campo en estado virgen. Los yuyales, donde los perros de raza indefinida se lucían como diestros cazadores de lauchas, cubrían la mayor parte del paraje. Uno podía andar varias cuadras sin cruzarse con ninguna persona. Incluso resultaba más fácil ver gente a caballo que a pie. Y ahora que hablo de “a caballo”, la recuerdo a ella, cabalgando.

Era la pareja del hombre más rico del lugar. Notablemente más joven que él, tanto como para que hubiera comentarios al respecto. Los chicos la veíamos pasar al galope, montando como una amazona, y nos quedábamos en silencio; apenas compartíamos una mirada cómplice, inmersos en la estela de polvo que dejaba detrás. Era muy atractiva, y nosotros, hombres en potencia, lo percibíamos. Su edad debería rondar los veinticinco años. Dueña de una belleza agreste, de piel blanca y cabellos castaños, vestía jeans muy ajustados. La enorme quinta en la que pasaba los fines de semana junto a su concubino tenía piscina, y pese a que el cerco verde de ligustrina sólo permitía ver minúsculos fragmentos de su interior, cierta vez oí a unas mujeres envidiosas decir que la habían visto en tanga, con un tono de desaprobación en su voz. Creo que, secretamente, estábamos todos enamorados de ella.

Una de esas siestas de verano, salimos a dar nuestro habitual paseo. Desde lejos, al costado de una calle que atravesaba un sector en que los retoños de álamos superaban la altura de un hombre, divisamos un auto quemado. El vehículo tenía un diseño moderno para la época; un Ford Sierra que no olvidaré mientras viva. Intentamos una carrera hasta él. Corrimos entre risas, felices. Faltando poco para llegar, el que llevaba la delantera se frenó e hizo un gesto con su mano derecha pidiendo que lo imitáramos.

—Hay alguien —dijo.

Seguimos caminando todos en racimo. Pasamos por al lado del auto procurando guardar una distancia prudencial, dando una suerte de  pequeño rodeo. Miramos por la ventanilla y lo que vimos nos erizó la piel. Conmocionados, regresamos con los adultos que habían quedado rezagados. Les contamos exaltados lo que acabábamos de ver. Describimos escuetamente el horror, con un lenguaje elemental, de niños. Entonces, nos acompañaron a realizar una segunda inspección, la cual confirmó lo que habíamos visto en la primera: se trataba de un cuerpo carbonizado, sin vida. Al observarlo con detenimiento, nos percatamos de que era una mujer. Su ropa estaba chamuscada. No obstante eso, pudimos reconocer el jean ajustado, como así también unos jirones de cabello castaño.

El concubino fue preso. Dijeron las malas lenguas que lo habían perdido los celos, y con razón.


Autor: Luciano Doti
@Luciano_Doti
http://letrasdehorror.blogspot.com

lunes, 24 de noviembre de 2014

Todo




Dicen que el tiempo lo borra todo – le susurra al fiambre – Mi desfalco como contable. El despido. Tu cadáver. El tiempo y la lejía – asiente riendo mientras limpia la sangre.


Gema Bocardo ©  


jueves, 20 de noviembre de 2014

Perder la cabeza


Esa mañana llevé las mochilas al colegio dejando a los niños colgados en la percha. Expuse en la reunión de inversores una detallada lista de la compra olvidando mi informe en el imán del frigorífico. Paseé el paraguas mientras el perro dormía en casa. Y cuando me encontré haciendo el amor con el vecino del quinto mientras mi marido había ido a bajar la basura, supe, sin lugar a dudas, que había perdido la cabeza. La encontré después de unas semanas y aunque el médico logró cosérmela a pequeñas puntadas, nunca he vuelto a ser la misma. Ahora, para evitar cualquier olvido, la llevo siempre conmigo en una caja de sombreros junto a un papel bien doblado donde dice: nunca te casaste, no tienes hijos, llevas dos años en el paro y no vive nadie en el quinto.


Piluka Mariscal

Autora: Mar Horno @HornoMar
Blog Maremotos 

martes, 18 de noviembre de 2014

Si dices hasta nunca, que sea para siempre


No construyó su casa para vivir, sino para volver.Y mientras lo hacía, me encargué yo de regar cada uno de sus álbumes de fotos.

Cuando regresó, había pasado demasiado tiempo, y ninguna de aquellas instantáneas lo reconoció.

Muchas lloraron al verse manoseadas por un extraño que las miraba como pidiendo explicaciones, como si ellas fueran las responsables de su pasado.

No llegué a tiempo para impedirlo...

"Me salvaron las lágrimas, había llorado tanto que estaba empapada, por eso, cuando me tiró al fuego no ardí como las demás" me explicó una de mis fotografías favoritas, en la que yo salía con los ojos cerrados y él me mordía el cuello.

Nos vimos una sola vez más, él clavaba el cartel de "se vende".