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miércoles, 11 de mayo de 2016

Contigo

Cómo explicar
que cada vez
que huelo tu perfume
me doy la vuelta,
que sueño
con rozar tu pelo
con besarte otra vez.

Cómo explicar
que me bastó una visita al cielo
al ritmo de tus caderas
para saber,
que únicamente quería volver,
si era contigo.

Cómo explicar
que quiero follarte
hasta el alma,
que de vez en cuando
me hago el ciego
para leer tu cuerpo
en braille
sin
parar.

Cómo explicar
que puedo pasar toda la vida escribiendo(te) este poema.

Cómo explicar
que deseo
que olvides la palabra 'miedo'
y te tatúes la palabra
'disfrutar' junto la palabra 'conmigo'.

Cómo explicar
que muero un poquito
cada día por las ganas de verte.

Cómo explicar
que no entiendo
como otros hombres
han trepado
tus cordilleras
y no han querido vivir allí.

Cómo explicar
que quiero exigir
una orden de acercamiento
que nos prohíba estar a más
de dos centímetros de distancia.

Cómo explicar
que quiero ver tus braguitas
en mi cama,
que quiero girarme
en mitad de la noche
y que tú,
estés
ahí.

Cómo explicar
que no sé cuándo te quiero más,
si cuando follas
o cuando duermes en mi pecho, buscando un lugar donde vivir.

Cómo explicar
que quiero comerme el mundo.
Contigo.


martes, 1 de septiembre de 2015

Cantantes zombies


 Amo el “Soul”. Para disfrutar del género compré un tocadiscos en una subasta, un antiguo Westinghouse propiedad de Eric Wilson. Eric fue un cantante de cierta relevancia en los años setenta, pero devorado por las deudas acabó de segundón haciendo coros a la sombra de viejas estrellas como, James Brown, Eva Cassidy, Ray Charles, Ella Fitzgerald, o Curtis Mayfield. Nada más llegar a casa estrené el aparato de Eric Wilson con un vinilo de Nina Simone. A los dos días, las manos putrefactas de Nina llamaron a mi puerta. Le colgaba el ojo izquierdo. Se le veía el cráneo. Le faltaba un brazo. Su piel, verdosa. Conservaba algunos dientes y tenía las tripas fuera. Olía a pepinillos en vinagre caducados. Una zombi. Educada, pero zombi. Había salido de su tumba para venir a verme. No me fiaba. Cogí el atizador de la chimenea y le arranqué el brazo que le quedaba de un golpe. La encerré en el cobertizo de mi granja. Su voz había perdido algo de timbre, pero aún era capaz de llegar a las tres octavas y yo soy un fetichista. ¡Tenía el cadáver de Nina Simone en casa! Emocionado por mi hallazgo puse otro disco, esta vez de Otis Redding. Otis intentó entrar rompiéndome una ventana, pero le estaba esperando con mi escopeta de caza. Le volé las piernas a tiros. Tenía un agujero en el estómago provocado por el accidente de avión en el que murió, por lo que su caja de resonancia estaba algo tocada, aunque lo planté sobre la mesa (no tenía piernas, claro) y se marcó unos dúos impresionantes con Nina. Y así pasaron los días, entre zombi y zombi. Llené mi cobertizo de cantantes muertos que venían a mi casa desde todos los puntos del país cada vez que ponía un vinilo en mi tocadiscos. Conseguí domarlos. Me daban conciertos en el salón. Allí no cabía ya ni un alma. Decidí poner el disco de algún autor vivo, a ver qué pasaba. Cogí uno de Eric Wilson, el antiguo propietario del tocadiscos Westinghouse. Debía vivir cerca, porque nada más sonaron los primeros compases, llamó a la puerta con la mirada perdida. Una de mis zombis, Ella Fitzgerald, pareció reconocerlo. Se echó sobre él y le arrancó un trozo de cuello de un bocado. El resto del grupo se acercó al banquete y tuve que asustarles con un soplete para que se alejaran. Es una pena. Eric ya no canta igual, pero tiene buenos bajos. Lo he encadenado junto al tocadiscos. Durante unos días él será el solista. Las estrellas le harán los coros.


Autor: Manu Espada,

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miércoles, 22 de julio de 2015

Resort 5*



 No se lo podía creer.
—Pero si tienes piña natural, mango, aguacates y una deliciosa ensalada de langosta con frutos del mar.
—El truco habitual para engañar a los turistas…
—Mujer, el hombre barbudo de las puertas nos lo dejó bien claro.
—Ya sabes lo que pienso sobre la censura y las restricciones —contestó ella, agitando su melena cobriza.
—Hay ocho restaurantes temáticos y un vegetariano de lujo. Elije uno, el que prefieras, tienes a tu disposición cuanto de comestible hay en la flora y en la fauna… Pero por favor, Eva, otra expulsión no.
—He dicho que me comeré la manzana y punto.



Autor; Pedro P. de Andrés.
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miércoles, 8 de julio de 2015

El viejo ring

Ya no se nos oye hablar. Las únicas risas que quedan son la de algunos niños jugando en la calle. Eso sí, la tele de fondo  suena demasiado alta. Seguramente sea mejor, que algunas discusiones sin sentido, que acompañan casi todas nuestras noches. No recuerdo desde cuando hemos convertido el sofá que nos oía disfrutar como un paraíso en un viejo ring.

Míranos, dos fantasmas intentando no pensar, hundidos en pantallas. Yo la del móvil por si alguien me hace sonreír de nuevo. Tú la caja boba hasta que los párpados se quedan sin fuerzas. Y mañana, el vecino del cuarto, nos dirá que buena pareja hacemos. Y los dos sonreiremos. Mintiendo.


Autor: Defreds.


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lunes, 6 de julio de 2015

Una imagen en Sepia

Releyó por última vez aquellos trazos irregulares de tinta desvaída que había transcrito en las primeras páginas de su cuaderno, ajado por el uso. Hacía ya demasiados años, no recordaba exactamente cuándo. Sus anotaciones, a lo largo de su vida, habían devorado paulatinamente aquel bonito ejemplar, adquirido una lluviosa tarde otoñal en París. La recordaba como si le hubiese pasado hace unos días. Para protegerse del feroz aguacero, se introdujo en el primer establecimiento que encontró a su paso en la búsqueda desesperada de cobijo. Aquella vieja librería mostraba en un pequeño estante una rica variedad de cuadernos y plumas de los que se enamoró al instante. A pesar de que llevaba empapado el traje, se dirigió al dependiente que lo observaba perspicaz tras unas pequeñas gafas de concha. Sacó un arrugado billete del bolsillo e hizo que le preparase un paquete con varios de aquellos cuadernos. Le habían acompañado desde entonces. Volviendo al presente, deslizó suavemente su sarmentoso dedo sobre aquellos caracteres al tiempo que susurraba lentamente uno de los mantras que habían guiado su procelosa existencia. “Para todos los males, hay dos remedios: el tiempo y el silencio.” Paladeó el exánime sonido que sus labios pronunciaron.

El silencio, pauta obligada en su delicado oficio, se había convertido en su fiel aliado. Lejos de aquellos remordimientos de juventud, que le impelían a contarle a cualquier colega los desmanes que hubo de cometer para sobrevivir, hacía mucho tiempo que se había reconciliado con la prudencia. Por otra parte, el tiempo había terminado por soterrar muchas de las cicatrices de su espíritu, incluso aquéllas que estuvieron a punto de hacerle cometer alguna tropelía. Dumas tenía razón cuando escribió esa frase y, sin saberlo, había sido su secreto confidente y leal compañero de viaje.

Cerró el cuaderno y se deleitó contemplando la fotografía una vez más, posiblemente la última. Aquel recuerdo, inmortalizado en la imagen sepia que le había acompañado, muda y cómplice, durante las últimas décadas, sería lo último que sus gastadas pupilas contemplarían. Era su homenaje postrero a un tiempo que prefiguraba todo lo que había llegado a ser en su vida. No representaba un final rastrero para lo que había sido su azarosa biografía. Algunos colegas suyos no habían disfrutado de una despedida tan apacible y discreta. Por tanto, a fin de cuentas, se podía considerar un hombre afortunado.

Aspiró con delectación el áspero aroma que emanaba de la taza humeante que cobijaba entre sus manos. Para conseguir el resultado esperado había tenido que vaciar completamente la botella de elixir que guardaba celosamente en su armario en previsión de que su uso fuese necesario algún día. Ahora lo era. Las infusiones, desde su temprana juventud, fueron su perdición. Paradógicamente, esta última sería su salvación. Todo menos aguantar la molesta e indecorosa agonía que le aguardaba sin remisión alguna. Las olía y saboreaba con esmero y cariño. No había viaje del que volviese con las manos vacías. Siempre había un hueco en su pequeña bolsa para un paquete que contenía la más rara de las hierbas del lugar; algunas fragantes y con propiedades balsámicas, otras con sabores imposibles e inexplicables.



Amante de la escenografía hasta el final, se recostó plácidamente sobre la deslucida alfombra oriental que presidía su pequeño salón, recuerdo de uno de sus primeros viajes al continente asiático. Lenta y ceremoniosamente, se acercó la taza a sus labios y sorbió sin premura el tibio elixir aromatizado que le permitiría alcanzar la liberación. La imagen de la foto le devolvió una mirada cómplice mientras que, mansa y apaciblemente, se fue quedando dormido.



Autor: William Bakerville


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sábado, 4 de julio de 2015

El pueblo que sabía demasiado.

Cuando se tomaba una copita de anís del Mono doña Águeda veía el futuro con una clarividencia milagrosa. Lo que era de mucha utilidad para sus vecinos. Se presentaban en su casa con una botellita y salían sabiendo el porvenir. Cualquiera que consultaba sus cartas podía, con tranquilidad, despedirse de su padre años antes de que muriera, adular a conciencia al familiar que le dejaría su herencia en un futuro, superar sin excesivos traumas un garantizado divorcio o preparar con anhelo una infidelidad venidera. Aunque también hubo destinos  equívocos y equivocados. El de Marcelo, que se colgó de un balcón desesperado por los desaires de Adela, empecinada en el vaticinio de que nunca se vestiría de novia. O el de Tobías, que tuvo que matar al alcalde —de forma bastante sangrienta—a pesar de que nunca sintió ninguna animadversión por él. Es más, todo lo contrario.


Autora: Mar Horno.


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jueves, 2 de julio de 2015

Una segunda oportunidad

Ana contempla su imagen y sonríe frente al espejo. Acaricia con la mano sus arrugas pero no las cuenta, pues le parece absurdo preocuparse por algo que no tiene remedio. Sin sus gafas, su imagen no es nítida y eso es una ventaja. Ana es una mujer pizpireta y coqueta, pero la atractiva madurez serena que ha adquirido su rostro con el paso de los años y la inevitable presbicia, han hecho que se sienta bien consigo misma.
Hubo una época en que le preocupaban mucho sus arrugas y al segundo se arrepentía por haberse observado con tanto detenimiento y abandonaba el cuarto de baño con una mueca de disgusto que la acompañaba durante un buen rato. Dejó de preocuparse en contarlas cuando decidió acabar con la vida que llevaba. De eso hacía más de diez años. Aquel día se despertó antes de que la alarma del reloj anunciara el comienzo de la jornada y no halló a su marido en la cama. Le pareció que hablaba en el baño y acercó la oreja a la puerta. Charlaba con alguien, susurrando. "¿Tan temprano?", se dijo. "¿Quién se levanta a las cinco de la mañana para llamar por teléfono?" Ese día su esposo viajaba a Barcelona. Solía hacerlo a menudo por su trabajo aunque últimamente lo hacía mucho más. Oyó que él se despedía con un "estoy deseando verte, cariño", y la sangre se le heló en las venas. Se fue de puntillas a la cama para que él no la descubriera espiando. Se hizo la dormida y al cabo de muy poco sonó el despertador.
De regreso del viaje preguntó a su marido y él le confirmó que mantenía una relación con otra mujer. Se llamaba Miriam y era una compañera de trabajo. Tenía la frescura que dan los treinta y la complicidad de decenas de horas compartidas en la oficina. "Era inevitable que esto sucediera cuando el amor de los primeros años se ha agotado con la llegada del otoño. ¿Qué pueden hacer el hastío y la rutina contra la primavera?", pensó, justificando así lo sucedido.
Se quedó con la casa y con el utilitario y su ex marido se llevó la colección de música, las películas, un par de cuadros y poco más. Pero lo más importante es que se también se llevó sus ganas de volver a amar. "¿Cómo volver a confiar, cómo?"
Con cuarenta y dos años, tuvo de ver nacer al primer hijo de su ex marido (ellos no habían podido tener descendencia), lo que la sumió en una profunda tristeza. Se sentía vacía. Con una vida aburrida, poco tenía que esperar de lo que le quedaba por caminar. Perdida la esperanza, aquella consistía en trabajar, quedar de tarde en tarde con los pocos amigos que conservaba de su vida de casada y con algunos que se habían incorporado a la nueva, leer o escribir. No era dada a ir sola a los sitios pues estaba acostumbrada a salir acompañada. Un museo, el cine, o un simple paseo se le tornaba un reto complicado de superar.
Tres años después, Alicia, una compañera de trabajo, le anunció que entraba en el club de los divorciados. Se lo confesó serena y relajada pues, en su caso, fue decisión propia y esas, sin duda, eran más llevaderas que las decisiones en las que no se participa. Desde ese momento, la vida de Ana cambió radicalmente, al introducirla Alicia en su círculo de amigos singles. "Qué palabreja tan ridícula", se dijo entonces.
Entre los amigos de su compañera se hallaba un hombre de unos cincuenta, con buena presencia y mirada limpia, que le llamó especialmente la atención por su cordialidad y simpatía. Se llamaba Manuel y congeniaron enseguida. Un par de semanas más tarde, quedaron para tomar un café fuera de las salidas habituales del grupo. Tras varios cafés más y un par de comidas, finalmente la invito a ir a su casa. De eso hacía ya más de diez años.
Manuel aparece en el cuarto de baño y mira a Ana con una sonrisa en los labios. Ella sigue mirando su rostro y sonriendo, sin apercibirse de su presencia. Manuel la coge por la cintura y Ana da un respingo, se vuelve y le acaricia el rostro, dándole un suave beso en los labios.
- Deja de mirarte tanto, mujer, sigues siendo preciosa.
- ¡Si ya no puedo casi verme sin gafas, Manu!
- Querida, el tiempo pasa pero tú estás igual de atractiva.
- Es que me ves con buenos ojos.
- ¿Con qué ojos se mira  a quien se ama sino con los del corazón?
- Sigues siendo un poeta.
- Y tú una mujer hermosa. No lo digo yo, lo veo en las miradas de los hombres.
- ¿Celosillo?
- En absoluto. Me encanta que te miren. Ellos miran, yo acaricio...
- Eres maravilloso, Manu.
Manuel la atrae hacia él, acaricia su pelo y muerde suavemente sus labios. En efecto, la sigue viendo como el primer día: una mujer maravillosa. El tiempo pasa pero para ellos parece que se ha detenido.
- Lo sé, mi amor. Por cierto, recuerda que Clara y Edu vienen a cenar esta noche.
- No lo he olvidado, cariño. He preparado mi ensalada especial "Ana".
- Conviertes una simple ensalada en una delicatessen. No sé cómo lo consigues. A los chicos les encanta.
- Con piñones y jamón ibérico, ¿cómo no conseguirlo?
- Intuyo que van a contarnos algo importante. Clara estaba muy habladora. Cuando no para de hablar es que está nerviosa pero ilusionada. Me atrevería a decir que estaba loca de contenta cuando llamó para preguntarnos que si nos venía bien que vinieran a cenar a casa hoy.
- ¿Un nieto?
- ¿Qué si no?
- Un nieto, Manu.
- Nuestro nieto, Ana.
- Tu nieto.
- Nuestro nieto, mi amor. A mi hija te la ganaste y a mi yerno, también.
- La quiero, nos queremos las dos y cómo no ganarme a Eduardo si tu hija es tan inteligente y buena persona como su padre y supo elegir bien? Edu es un hombre extraordinario.
- Eligieron bien los dos, ¿no?
- Elegimos bien los cuatro.
- Ana, ¿crees que nos dará tiempo para sentarnos un ratito en el sofá y ver una peli antes de que vengan?
- Está todo listo, cariño. Sólo queda poner la mesa, que prepares tu crema especial para las tartaletas y poco más.
- ¿Y me mimarás?
- ¿Y cuándo he dejado de hacerlo desde que nos conocemos, Manu?
- ¿Y yo? ¿He respondido siempre a tus expectativas, cariño?
- Como los arco iris, mi amor, que brillan e iluminan. Los arco iris siempre cumplen con mis expectativas y me hacen sonreír cuando los contemplo. Son pura magia.
- ¿Vemos nuestra peli favorita, Ana?
- Claro, cariño, búscala y dale al play mientras voy a por patatas y un vinito.  Nos quedan dos horas de sofá y mantita.
- Te quiero, nena.

- Idem.


Autora: Aída del Pozo.

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martes, 30 de junio de 2015

No hay colores para todos: La historia de amor más breve del mundo.

Seis hombres se encontraban reunidos en una amplia sala pintada del verde más cálido, casi blanco, gracias al efecto de la luz que se introducía por los enormes ventanales. El lugar reunía todas las condiciones que la ciencia aconseja para favorecer una buena disposición de ánimo, circunstancia que oprimía especialmente el corazón de uno de los hombres sentados a una “mesa redonda”, que no era redonda del todo, ya que ni siquiera había mesa.
“Todos los problemas del mundo pueden solucionarse con el color apropiado, ¡Por qué no se le habrá ocurrido antes al ser humano! -Pensaba Héctor, mientras jugueteaba con el pañuelo que cubría la gran cicatriz de su cuello- Como estamos desconsolados, nos meten en una gran sala del color de la esperanza, ¡Y todo solucionado! ¿Pero por qué parar ahí? Pintemos las casas de los solitarios del color del amor, las cárceles con el del arrepentimiento, los congresos que sean color honestidad… ¡Pintemos toda África del color de la comida! ¡Y ventanas, grandes ventanas por todas partes! ¡Qué no falten las putas ventanas!”
La frustración que siempre acompaña a quien se ve obligado a hacer algo que detesta dominaba por completo el débil alma de Héctor, cuyas cicatrices no podían cubrirse con ningún pañuelo. Todo le resultaba irritante: La enorme sala verde, el círculo de sillas que parecía sacado de un drama americano de segunda categoría, la suficiencia que percibía en la mirada del psicólogo… Pero por encima de todo aquello, lo que realmente se le hacía insoportable era la voz de sus compañeros de terapia: Esas vocecillas lastimeras, que alternaban dolor e ilusión como quien mezcla whisky con cola. Los despreciaba a todos y cada uno de ellos, no había un solo átomo de su cuerpo que no sintiera repulsión hacia el más insignificante de los patéticos gestos que repetían una y otra vez, acompañados siempre de las mismas expresiones, tan repetidas como carentes de contenido. Y de entre todos ellos, al que más despreciaba era a sí mismo.
Llevaba ya más de una hora en la sesión a la que una resolución judicial le había obligado a acudir, la primera de una docena. Desde el primer minuto había dedicado sus escasas fuerzas a revolcarse entre el odio que inundaba todo su ser, odio del que reconocía ser el único objetivo, pero que cobardemente calmaba reflejándolo sobre todo aquello que le rodeaba. Por primera vez en toda la tarde, el silencio dominó la sala, e instintivamente, Héctor alzó la cabeza para encontrar todas las miradas puestas en él.
-¿Qué ocurre? -dijo, poniéndose recto sobre su silla, en actitud desconfiada.
            -Es tu turno -El psicólogo hablaba de forma pausada y serena, como quien se dirige a un niño. -Por ser tu primer día, te hemos dejado para el final; pero ahora debes contarnos por qué estás aquí, para que todos conozcamos tu historia.
            - Estoy aquí por lo mismo que todos, porque intenté quitarme la vida y ni eso supe hacer - Algunos de sus compañeros negaron con la cabeza, a lo que Héctor respondió con una agresividad que desentonaba claramente con la resignación que desprendía todo su lenguaje corporal. - ¿Acaso no es cierto? ¿Estaríais aquí si hubierais hecho al menos eso bien?
            -  No estás aquí para hablar de los demás, Héctor. - El psicólogo adoptó un tono autoritario- Esto es tan difícil para ellos como para ti, no vas a solucionar nada atacándolos. Cuéntanos lo que te sucedió y podremos marcharnos todos a casa, en caso contrario, se lo haré saber al juez.
La mención al juez hizo sonar una alarma en el desgastado entendimiento de Héctor. Era consciente de que si no conseguía una opinión favorable de éste, aun podía decretar su ingreso en un centro psiquiátrico, en donde le tendrían severamente controlado; así que decidió apartar por un instante el odio, e intentar ser la persona que recordaba haber sido, antes de que su mundo se convirtiera en un pozo de oscuridad.
            - Yo… lo siento - Dijo Héctor, con sincero arrepentimiento, mientras su expresión parecía volver a encajar en su castigado rostro-. Veréis, no se me da muy bien hablar en público, me pongo muy nervioso y eso hace que hable demasiado rápido, y confunda algunas palabras; por eso he escrito una pequeña historia en la que cuento el motivo principal por el que he terminado aquí. - Héctor sacó del bolsillo de su pantalón una cartera de cuero negra, y buscó en ella un folio plegado que inmediatamente desdobló- No le he puesto ningún título, pero se me ocurre que podría llamarse: “La historia de amor más breve del mundo”. - Héctor aclaró su garganta, y comenzó a leer -  Me enamoré de ella casi al instante de conocerla. Con el inexplicable convencimiento de la intuición, sentí que era todo aquello que siempre había buscado, todo lo que necesitaba para ser feliz. La tenía ahí… ¡Justo ahí! Siempre pensé que no existía, pero ahora la había encontrado. Podía saborear la felicidad futura, soñando con crecer juntos a la luz de un amor verdadero, que nos completara más allá de lo humano y lo divino; seríamos el sentido mismo de la existencia, la justificación de todo bien y mal, de la dicha y el dolor, causa y consecuencia de todo lo que ha ocurrido y lo que ha de ocurrir. Nada existiría en el universo que no pudiera abarcar y comprender en un segundo si ella estaba a mi lado, ofreciéndome su calor, iluminándome con su mirada. Por fin tenía la Vida al alcance de la mano, podía sentir como se introducía en mi cuerpo y me llenaba de luz, me convertía en un hombre nuevo, capaz de lograr cualquier cosa… Pero ella no sentía lo mismo.

El silencio dominó la sala por segunda vez aquella tarde. Héctor dobló el folio de nuevo y lo guardó directamente en el bolsillo, mientras el verde de las paredes desaparecía emborronado, para convertirse en un débil gris visto entre lágrimas.

Autor: Jorge Ramos.

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lunes, 25 de mayo de 2015

Tuya




Tuya...
Desde esta mente que enajena y enloquecida te llama a gritos en el delirio de la noche,
donde las sábanas claman sudores nocturnos y escalofríos nacidos de temblores profundos,
donde mi cuerpo quiere ser invadido y torturado.
Invasión de tu piel en mi carne,
de tu lengua en mi boca,
de tu placer endurecido en mi centro.
Torturado por ti,
con palabras que rasguen el cielo de mi boca,
con caricias que abran mis entrañas.


Tuya...
Desde mi cuerpo ardoroso y caprichoso,
dulce tormento es el tiempo de la espera,
que aviva mi deseo por ti,
 que enciende el fuego brotando desde dentro...
Donde pido a gritos liberarme en ti, contigo...
donde arquear el placer y chocar contra tu pasión,
donde arrasar sin piedad todo lo que soy y te entrego.


Tuya...
Desde esta alma mía que revive en cada encuentro de nuestras pieles,
allí donde quedas guardado hasta la próxima vez,
allí donde esperas mis quejidos para venir a envolverme,
allí dentro de mí...
... velando mis sueños.
... protegiendo mi despertar.
... caminando conmigo.


Tuya...
Desde alma, cuerpo y mente,
irremediablemente...











Haydeé


domingo, 24 de mayo de 2015

Obituario



En el cuarto del hospital -medito- miro el techo
blanco, poblado por un mísero foco, de luz amarillenta, pienso,

decepcionada, matando el tiempo
y en la cama de blancas sábanas
dibujo pensamientos
que viajan a otros tiempos

de carne débil y enfermiza, ni la sombra del pasado
la que siento
doliente hasta los huesos,
la piel como pergamino viejo
y el dolor que nubla la conciencia,
estrangula la esperanza; desintegra,
y mi alma se quiebra en mudo grito:

las penas rebosantes en los recuerdos
el arrepentimiento que ronda y se mezcla, abandonada,
y la vida y el amor y el pasado
ya parecen un cuento
digno de ser contado a los ingenuos
mezcla irónica,
emborracha al espíritu
a la hora de rendir cuentas
y de extraños sortilegios te pasa
y la vida como la mona
y el doctor apurado, escurridizo,
y el sentirme bien por ningún lado

debes hacer el tratamiento dijo persuasivo
antes de desaparecer
dejando el halo de su sonrisa dibujada
y su guardapolvo blanco
inmaculado
y los dolores no aflojan
y el corazón: ya no más
desgarrado
y los pasos de las enfermeras
rasgan la alfombra
y las pastillas de tantos colores
aturden mis ojos asustados
y el dolor que sigue a mi lado
¡como amante del brazo
caminando rumbo a su cuarto
de ida y vuelta, cientos de veces!

nadie recuerda
la mujer de pasado gris
que fui yo
que yo fui
pienso en el exilio
de los últimos años
y qué mala suerte:
soledad
tristeza,
de la vida
nada,
ni amor
ni sexo
ni vino
ni el humo del cigarrillo,
para nublar
el llanto

¡mi vida en el claustro!

como comprando el boleto
para entrar al cielo
o al infierno
y nadie sabe
por qué,
esta espera en la cama
del obituario de mañana
y esta cabeza despoblada
de cabellos que jueguen con el viento

sigo recostada y pienso.



Poema del libro “Sin óbolos para Caronte”

Ruth Ana López Calderón


sábado, 23 de mayo de 2015

Amo lo que soy



Amo lo que soy:
voz,
canto,
sonidos mezclados,
silueta y esencia
compuesta de afectos,
misterios,
secretos,
sueños,
encantos y desencantos.
Amo lo que soy
creación imperfecta,
oleaje y marea.
Aire, agua, fuego y tierra en mi encarnados.
Amo lo que soy
hija de la luna,
cambiante,
camaleónica,
única.
A veces cercana, a veces distante,
pero siempre plena.
Amo lo que soy
puerto y destino.
Sangre roja de ese río
que se desborda entre mis piernas.
Amo lo que soy
barro en mis propias manos,
darme forma
y pintarme de ideas.
Amo lo que soy
camino pronunciado,
caminante de la geografía que se me ha otorgado,
Ser navegante bajo mis ropas,
palparme, gozarme, conocerme toda.
Amo lo que me nombra
amo mi ser para hacer,
mi hacer para ser…
para ser lo que soy
mujer sin censura.


Verónica Nagore ©

viernes, 22 de mayo de 2015

La fotocopia



Tócame a través de una hoja,
esa fotocopia de las claves cotidianas
que te toca de una esquina
que me toca con la otra
y en su existencia de hoja simple
de hoja única
de hoja rota
rayada
loca

nos deja tocarnos

porque al mismo tiempo
te toca

y me toca.


                                                                    Ana Cecilia Blum

jueves, 21 de mayo de 2015

Entresueños





Esta noche…                                                                                                                                 
a falta de espacios propios
ven a vivir a mis sueños,
dentro de un mundo onírico
donde nadie pueda vernos
de contornos imprecisos
e interminables senderos
en donde nadie transita
ni se llega a lado alguno
que no sea aquí, a mi lado,
(y heme, aquí al lado tuyo)
como luz amortiguada
aguardando este momento.
Ven... apágame ahora,
rompe mi cuerpo de niebla
al contacto de tus dedos,
que no quiero más alumbre
que este brillo del deseo
reflejado en nuestros ojos,
exhalado en nuestro aliento.
Ven... tómame ahora,
como no lo hiciste nunca
en el otro mundo "cierto"
por causa de los "decires",
de las culpas y los miedos,
y cómeme el corazón
para amarte desde adentro.
Ven... revíveme ahora,
sóplame tu amor de nuevo
quiero ser tu creación,
tú, mi dios y mi asesino.
Haz del vivir la pasión,
haz del morir el destino
cuando se despierte el sol.
Ven... descansa ahora,
envuélvete entre mis brazos
encadenando las horas,
respiremos,  noche a noche,
demos la espalda a la aurora
e ignoremos al dios tiempo
pues la vida... es una sola.


Amanda Espejo, de su libro: No hay más que ÉSTO 


martes, 19 de mayo de 2015

Yo... y tu espalda!



Para tus caderas…
mis manos tibias,
buscan la profundidad…
de tu placer.

En tus párpados encuentro la respuesta,
cerrados a toda distracción,
los besos se encuentran…
labios trémulos y jugosos!

Pasión, ternura, romance…
eso lleva tu corazón errante,
deseos de quedarse…
en una jaula sin barrotes…

Una lengua ansiosa…
recorre cada uno de tus huesos,
quiere encontrar tu espacio,
dónde tu y yo…
brindemos en el placer!


Tere Marú D.A.R. 2012  ©



lunes, 18 de mayo de 2015

Todos inventamos madrugadas



Las olas
como mujeres excitadas
golpean la roca.

¿Qué gotas de tiempo se llevan las estrellas?

Hemos bebido todas las aguas,
ya no hay sonrisa de corales
ni espacio en el ojo de la ballena,
de la cima a la sima
solo queda
el fuerte abrazo del arrecife.

                                 Ana Cecilia Blum


domingo, 17 de mayo de 2015

Epílogo de mi placer

Más allá de mis oquedades,
de mis resquicios corporales,
un poco más al sur,
justo al extremo
de todos mis secretos,
está tu culpabilidad.
Lengua que lame y escudriña
que horada hasta el deleite
inconcebible,
sin darme tregua a nada.
Sutil y tentadora,
abrasa como fuego
todo cuanto proclama,
y se yergue enhiesta
a punto de atacar
cual serpiente cascabel
para ser dulcemente
devorada en mis entrañas.
Vigilante acecho la intención
apenas esbozada en un rictus
de tu boca sensual
mientras mi seno,
cuya punta termina
en un rosáceo botón
estremecido,
espera gimiente
y tembloroso por ti,
en este interminable
epílogo de mi placer.



Mercedes Eleine González

sábado, 16 de mayo de 2015

ESPERA(MOS)



                                        A la espera...                                        
De tu cuerpo, del calor que emana de tu piel,
de la fuerza de tus manos en mi espalda.

Ansiosa...
Por arrancar la ropa que te envuelve,
por lanzar al aire tu cordura,
y dejarte desnudo y loco...

Dispuesta,
para sentir sobre mi tu pasión,
la dureza de tu deseo,
las ganas que inundan tu mente...

Y sentir que mi piel se funde con la tuya en
un suave vaivén envolvente y delicado,
que no haya más música que la que producen nuestras bocas...
Que no haya más brisa que la sacada del fondo de nuestros pulmones...
Que el hambre no se calme y la sed sea incapaz de sofocarse,
pues no tendré suficiente con tomarte en esta vida...
Que al calor de tu cuerpo soy capaz de volar sin alas,
que me impulsas en quejidos que solo yo puedo escuchar,
donde dejas salir lo que tu alma grita en silencio.
Y yo me confieso ante ti sin más capa que mi piel,
sin más defensa que mis ojos...
Y derramo mi sentir y mi placer, mi amor y mi esencia...
En ti. Contigo.


Besos encadenados...
Hermosa perversión...
Caricias lacerantes...
Calmadas en húmedas lamidas...
De tu boca,
de la mía...




Y esperas,
el ardor de mi piel sobre la tuya,
la presión de mi cuerpo sobre ti.

Famélico...
Con la boca húmeda y hambrienta,
aguardando la cercanía de mis pechos,
la caricia de la turgencia en tu lengua..

Indomable,
ígneo bufido de animal embravecido,
con acero candente entre las piernas,
buscando bálsamo en mi...

Que no se acaben estas ganas irrefrenables de mi, nunca...
Que aúlles de necesidad en la noche y yo te calmaré con mi entrega,
con mi cuerpo, con el palpitar más profundo y el temblor más intenso...
Que tus manos sujeten un cuerpo quemado y rendido al placer que provocas,
que grabas en mi entrañas con palabras susurradas y gemidas...
jadeadas...
Que dentro de mi encuentres cobijo y ofrenda,
que mi boca te cubrirá de besos encendidos y pausados en busca de todo...
De ti.
Que mis manos sean dulces cadenas
y mis piernas prisión de la que no quieras salir nunca...
En tu cuerpo fundida, que solo quede de mi un suspiro y se mezcle con el ardor de tu liberación.


Sonidos sacados de la piel...
Arrancados de la palma...
Calmados con besos que abrasan...
Que desquebrajan...
Tu piel...
Y la mía...





Haydeé


jueves, 14 de mayo de 2015

Crónicas de prostitutas

Te entrenó la noche en la calle,
en la salvaje seducción de los ruidos,
en el moldeado de las manos ardientes…
Y fuiste flores y barro
Y fuiste pájaro y medusa.
Dejas tus ojos secos
en tu cielo prostibulario
y te mueres allí…
donde levitan las mariposas muertas…
mientras las víboras
te dejan el veneno en el alma…
¿Cuál es tu mayor dolor puta?
Te he visto morir
de amor por el amor…
mientras te arden
las ganas en vicio.
Y ya puta, en tu fragilidad
recorres caminos metódicos,
abres puertas superfluas
y saboreas el vacío del olvido.
Has guardado lágrimas
en los espejos empañados…
No hay lavativas contra el dolor.
Te tiendes en la cama…
Las piernas trenzadas
se agitan prendidas al deseo
bañadas de los abismos sudorosos…
Observas el humo de los cerillos
dibujando ese rostro
que perturba en el alma…
Allí se encuentra… esfumándose
ante la opresión de corazón…
Ante el aliento asqueroso
del que paga unos cuantos pesos.
Te hunden los dedos
en tus carnes prostitutas
con el ritmo candente
al compas del reloj empolvado
Y ya ahogada en tus jadeos
piensas… piensas…
en el ángel enamorado que te rescate
de tu sepultura…
Se han muerto las horas en mis brazos
y en la bohemia dulzura de tu voz
guardo con parpadeos
de deseos y delirios
las imágenes más dulces…
Le tengo miedo a la noche…
Hay una serpiente de humo
celosa del cielo
que amenaza picarme los ojos
si te busca mi mirada entre
el hechizo de las estrellas…
Arriba, entre las luces perdidas
de los espíritus mañosos
veo como se deslizan los besos
del sol entre las sobras pasionarias
que guarda los rincones íntimos de la luna…
Desandan los ángeles caprichosos
entre el viento…
como niños traviesos
entre las aguas...
Los veo…
y te veo allí, proyectado
entre el velo azulado
que guardan mis ojos…
En mi cielo espejado
te veo, amor…
con éste tesoro plateado
que surcan mis mejillas
Como el rocío a las flores…
Estoy levitando entre suspiros
guardándote entre mis ojos
hasta que mis párpados se abran.



---MANATOWA---