
La noche es el territorio de la libertad, una dimensión donde reina el
libre albedrío. El silencio, un agujero negro en la oscuridad. Noche
silenciosa, sólo el viento sopla en la ventana haciendo vibrar los
vidrios de la misma. El viento suele ser un invitado habitual en este
horario, o quizás también lo sea durante el día, es sólo que durante la
noche es cuando prestamos más atención a estos sonidos. Sonidos que
cuando niño nos resultaban aterradores, pero luego en la adolescencia se
convirtieron en compañeros indivorciables de nuestras veladas.
Compañeros de nuestros sueños despiertos, de nuestra ansiedad y
desolación. A mí me resulta imposible imaginarme mi vida sin estos
nocturnos desvaríos, sin la literatura que brota de lo profundo de la
noche como torrente de agua que viene a regar un desierto.
Vacío, en la noche se siente el vacío, en la calma que se apodera de
todo y que se encuentra en todo. El escritor esta al acecho. Va
desgranando de su mente las letras que darán forma a su nueva creación.
La hoja se va colmando de caracteres que germinan cual semillas,
entonces el vacío ya no es tan vacío y el desierto luce un poco menos
desierto.
¡Mentira!, es sólo un truco del artista, que ha hecho ver algo donde no
hay nada. Se evapora la ilusión por su condición evanescente, y donde
parecía haber algo, ahora ha quedado un hueco en el que se desarrolla un
pensamiento. El caos diurno aguarda, vendrá del Este, mañana volverá la
rutina. ¡Prisionero! ¡Atrapado en lo cotidiano! ¿Cuándo escapare de este
estadío? Por suerte aún es de noche, y la luna me da libertad.
Al correr la cortina la luz de neón se filtra a través de la persiana
americana. Quedan algunas horas antes de que el día le gane a la noche.
¿Y qué es la noche? Es uno sobre la cama escribiendo sobre un cuaderno.
Son las horas consumidas sin apuro con la tele como único testigo y el
volumen bajito para que no nos delate; para que los otros habitantes de
la casa no se enteren que allí hay alguien que no duerme, que hace un
culto del insomnio, que disfruta cada segundo de ese territorio, quizás
el único que los hombres hemos sabido conquistar para nosotros. Es el
horario que escapa al castigo divino de trabajar para ganarse el pan con
el sudor de la frente. En la noche la manzana puede ser mordida sin
culpas y sin reprimendas. Si no hay culpa no hay reprimenda, ya que esta
última es sólo un estado de la mente a raíz de lo que hemos aprendido
en la vida. Todo queda almacenado en la mente, aun cuando no pensamos en
algo, ese algo forma parte de nuestra estructura mental y no nos
abandona; a menos que uno se entregue a la libertad del arte y el sueño.
Hay una lombriz que cuando cae el sol se convierte en serpiente, y un
gato que, bajo el influjo de la luna, se vuelve tigre. Son los desvaríos
de un mismo ser. Andan por el jardín, parece que durante la noche
alcanzan su mayor potencial; sino como se explica semejante
transformación, de dos animales tan inofensivos en otros tan salvajes.
No deja de llamarme la atención como desafían el peligro sin detenerse,
son dignos de admiración. Fuertes, ágiles, tienen la contextura física
de los seres que son libres, que no se detienen a pensar en esto o
aquello. Sin esos prejuicios éticos y morales que aprendemos durante el
día y nos oprimen. Entonces, la noche es un proceso de desaprendizaje,
una ceremonia donde se rinde culto a la libertad. Uno es uno mismo sin
presiones de ningún tipo, sin distinciones de jerarquías o clases
sociales, porque estamos solos con nosotros mismos. Se trata de ser como
los animales salvajes, sólo existen, la mente no les pesa, tienen su
propio nirvana. Una vez que uno ha desaprendido todo lo que molesta,
queda un espacio vacío, que se llena con lo que nosotros queremos. Eso
dura lo que dura la noche. Cuando el sol comienza a despuntar, el tigre
vuelve a ser gato, y la serpiente, ya como lombriz, se escabulle bajo la
tierra en una actitud cobarde, justo en el mismo momento en que el
escritor deja de soñar.
Autor: Luciano Doti / @Luciano_Doti
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Letras de horror