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miércoles, 25 de febrero de 2015

La piel dormida


El cuerpo inmóvil, lacio, expuesto a la mirada del amante, debiera ser mi objeto de deseo. La piel desnuda y dormida, a merced de los dedos, tendría que ser motivo de lujuria. Tumbada sobre las sábanas debiera parecerme bella. Si fuera así viviríamos un momento sublime. Desdoblaría cada uno de sus pliegues, me detendría en el olor de sus axilas, de su pubis, exploraría con ansia el interior de su boca. 

Pero la muy puta mantiene un gesto extraño en el rostro. 

No debí matarla. No lentamente.

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Autora: Lydia Cotallo
Blog: Frida

miércoles, 11 de febrero de 2015

El Prado o cualquier otro lugar. Sin ella

Decían en no sé qué película que la vida es como una caja de bombones porque nunca sabes lo que te va a tocar. Yo prefiero decir que la vida es como una caja de galletas surtidas. No me gusta el chocolate.

Siempre me ha interesado el arte, pero a decir verdad, no sé qué pinto aquí. Sin ella. La maja me observa desde la pared. Hace tan solo una semana hubiera sido bonito. Nos habría observado a los dos y juntos hubiéramos imaginado un encuentro amoroso entre Goya y la duquesa de Alba, o protagonizado por Godoy y Pepita Tudó, pero ahora mismo la única imagen que se dibuja en mi mente es la de aquella habitación en Roma. Una canción de Claudio Blagioni que llega desde el patio, el olor del café recién hecho, su voz al despertar: «me muero de hambre». Y cuando me recordaba que el zumo de naranja siempre de cartón porque el natural le produce acidez. Me viene a la memoria de manera tan clara, que creo que podría pintar la escena a pesar de no haber tenido jamás un pincel entre los dedos.

Todo en ella me gustaba, me gusta. De su cabeza, además del hedonismo capaz de convertir cualquier momento aburrido en una revolución por el placer, los rizos. Me encantaba introducir los dedos a la altura de la nuca y que quedaran enganchados a los nudos de pelo. Son como rastas en miniatura. Tiene su carácter y eso también me gusta. A veces miraba hacia otro lado cuando se sentía contrariada y me explicaba sus motivos, como la condesa de Chinchón, solo que ella lo hacía para mostrarme su desdén. Igual que la hija de la condesa, Carlota se hubiera llamado la nuestra de tenerla alguna vez. Incluso La lucha con los mamelucos me hace pensar en ella, en nuestras discusiones estúpidas y en las guerras de cojines, tan divertidas, en el sofá.

«¿Quieres un chicle de fresa?» me pregunta la niña de las trenzas naranjas. Lo tomo sin responder y vuelvo a mirar el teléfono silenciado en busca de una llamada perdida. «No te va a llamar», me dice. Salgo del pabellón de Goya con la certeza de que la niña de las trenzas naranjas tiene razón.

Maldita caja de galletas.

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Autora: Lydia Cotallo
Blog: Frida

miércoles, 7 de enero de 2015

La madame


Nuestro amor era penetrante y silencioso. Se materializaba en forma de sexo mudo, solo a veces acompañado de gemidos casi inaudibles que asomaban tímidos a las gargantas. No me eligió por ser la más bonita ni la más joven, al contrario. Hacía mucho que mi cuerpo presentaba los signos inequívocos del paso de los años y de tantos servicios en la profesión. En aquel tiempo centraba mi actividad en la gestión del negocio heredado de mi madre, pero Martin era distinto a todos los demás y lo que empezó siendo una excepción pronto se convirtió en una llovizna pertinaz que me caló hasta los huesos.

Martin era un ser melancólico. Aparecía sin avisar, con su camisa abierta hasta el ombligo y su barba de varios días, un aspecto poco habitual entre los descendientes de los colonos. Si me encontraba de espaldas frente al tocador se aproximaba por detrás y me besaba la nuca. Me giraba y atraía mi cabeza hacia su vientre con los dedos enredados en mi pelo; si me encontraba descansando sobre la cama se tumbaba junto a mí y pegaba su mejilla a mi pecho. De una u otra forma así permanecíamos varios minutos, sumergidos en la inmovilidad. Tan solo a veces, cuando se iba, intercambiábamos nuestras únicas palabras: «¿Por qué yo?» le preguntaba. «Porque callas, porque siempre sabes lo que hacer». Después se perdía sigilosamente, hasta que otro día indeterminado aparecía y repetíamos nuestro ritual.

Decía un novelista que conocí que cuando algo sucede, desde el momento en que empieza a suceder, nada puede volver a ser lo mismo. Lo que sucedió se llamaba Lily. Su belleza lánguida y sosegada encandilaba a los clientes. Todo en ella era menudo y aunque no era la chica más joven del burdel, su sonrisa inocente, sus pechos pequeños casi infantiles, sus caderas como a medio formar, atraían a los hombres de uno y otro lado del lago. El negocio prosperó mucho con su llegada y pude enviar importantes sumas de dinero a mi hija, quien entonces vivía en Europa junto a su padre. Todo iba bien. Hasta que él se enamoró de Lily.

Martin espació las visitas a mi alcoba cada vez más hasta que dejaron de existir. Intuí desde el principio que se encontraban a escondidas y una noche los vi. La imagen de sus cuerpos enlazados en el porche trasero me persiguió durante meses. De nada me sirvió la experiencia acumulada por el trato con hombres de toda condición, el saber cómo funcionan sus mentes. Los celos me devoraban. Después de tantos años las pasiones más primarias habían quedado al descubierto y no sabía cómo manejarlas. A eso nadie me había enseñado.

En aquella tierra la densidad del aire marcaba el paso de la mayoría de los acontecimientos y también la locura de sus habitantes. Una tarde se volvió muy pesado. El ventilador apenas podía moverlo y costaba respirar. Comenzaba a anochecer cuando las chicas acudieron al salón principal entre gritos, también los escasos clientes que a esas horas nos acompañaban. Lily estaba tumbada inmóvil sobre uno de los divanes, tenía un círculo rojo en la frente. Martin apareció a mi espalda de la nada, como solía hacer, y me tomó delicadamente por los hombros. Intenté abrazarlo pero me lo impidió. Al girar la cabeza hacia mi mano lo comprendí: el maldito revólver todavía humeaba.

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Imagen: Mujer frente al espejo (Miklos Mihalovits).

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Autora del texto: Lydia Cotallo
Blog: Frida

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Breve cuento de Año Nuevo


Nos encontramos en el pasillo que lleva al dormitorio y algo sucedió. No sé si en él fue la abertura de mi pijama entre los pechos, o que a mí me atravesó su mirada sugerente de «¿por qué no?». De repente estaba adherido a mi espalda y sentí su aliento cálido en la nuca, la humedad de su boca en el cuello, en los hombros, la irreverente presión entre las nalgas y esa forma única de volar que aprendimos a la vez. Sí, nos encontramos en el pasillo de un modo inhumano, lo sé, indigno en dos personas que están a punto de divorciarse.

Después de esto volver al salón fue volver a la realidad fría y meditada, una realidad de la que era imposible escapar y aun así, durante unos segundos, arrullados por el sonido de un televisor que nadie atendía, nos sostuvimos la mirada. Él me sonrió y dijo:

─ Marta, feliz año nuevo.

Le devolví la sonrisa y, sin más, continuamos nuestra tarea individual de repartirnos los recuerdos.

Autora: Lydia Cotallo
Blog: Frida